En la esquina de Libertad y Córdoba, su frente emula al rectorado de la madrileña Universidad de Alcalá de Henares, y alberga un mundo teatral de fantasía, luces, creatividad y hasta rumores de fantasmas.
Esa enorme mole edilicia de la esquina de Libertad y Córdoba, cuyo frente emula al rectorado de la madrileña Universidad de Alcalá de Henares, y alberga un mundo de teatro, fantasía, luces, creatividad y hasta rumores de fantasmas que la habitan, se llama en la actualidad Teatro Nacional Cervantes (TNC) y este domingo cumple un siglo exacto allí, desde el 5 de septiembre de 1921.
Cada provincia y aun la Ciudad de Buenos Aires tienen sus teatros oficiales, pero este es el único Teatro federal del país; pertenece a todos y además de las actividades propias suele recibir elencos provinciales y extranjeros, organizar competencias y concursos, y unir el trabajo escénico del vasto territorio argentino.
Orígenes del Teatro
El TNC no siempre fue oficial; nació como iniciativa de los españoles María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, quienes además eran un matrimonio, como homenaje a la ciudad que los había recibido con un afecto inusual desde su debut en 1897 en la sala del Odeón, demolido años después (1991) de la noche a la mañana a causa de la especulación inmobiliaria.
La magia parece no ser ajena a la construcción del Cervantes, pese a las penurias económicas, las discusiones de los arquitectos, la burocracia municipal e incluso su ubicación, que al principio iba a ser otra: el teatro entero, como un gran rompecabezas, fue armado en menos de tres años con materiales llegados desde España.
Desde el espectacular telón de boca bordado a mano en la Real Fábrica de Tapices de la Villa y Corte de Madrid hasta las butacas procedentes de Sevilla, cada una de las partes, fue elaborada primorosamente en la Península Ibérica
Desde el espectacular telón de boca bordado a mano en la Real Fábrica de Tapices de la Villa y Corte de Madrid hasta las butacas procedentes de Sevilla, cada una de las partes -cortinados, losetas del piso, vitrales, pinturas, faroles de los pasillos, azulejos, bronces y hasta el curioso cartel que indica «Caballeros. Aquí es» a la entrada de uno de los baños- fue elaborada primorosamente en la Península Ibérica.
Se le puso Cervantes por imposición de la voluntad de doña María, ya que había interés en llamarlo María Guerrero en su honor -tal era la devoción del público porteño por ella, entre el que no faltaban nombres que ahora están en los libros de historia-, pero la diva insistió en aquella denominación, que para ella era la mayor gloria del idioma que hablamos.
Aquel 5 de septiembre el Teatro levantó su telón para que don Fernando -los Díaz de Mendoza tenían, además, alguna pizca aristocrática en sus ancestros- recitara un poema sobre la grandeza de la nueva sala y luego para la representación de «La dama boba», de Lope de Vega, con que la pareja debutó 24 años en el Odeón (un fragmento de esa obra se verá, dirigido por Santiago Doria, en el acto celebratorio de este domingo).
